May 06 2009
Del drama al éxtasis
El fútbol ha sido justo con el Barça. Nadie olvidará este partido ante el rocoso Chelsea, por su dureza, por su complejidad táctica y, sobre todo, por la maravilla de Iniesta cuando corría el tiempo de descuento y las ilusiones blaugranas parecían difuminarse a pasos agigantados. Nadie podía imaginar este final, tan vibrante y que puso a cada uno en su sitio. El planteamiento ultradefensivo se desmoronó en el último minuto, cuando el empuje azulgrana era más descarado que nunca. El Barça palpaba que, si quería tener una oportunidad de marcar, debía ser con un fallo de los blue. Y lo tuvieron. Fue en el peor momento de la noche, cuando tocaba achicar agua del barco y guardar su bien más preciado: la portería.
Ahora mismo la historia sería completamente distinta si la zaga londinense, de matrícula durante todo el partido, hubiera sacado el último balón colgado al área por Alves. Tuvo su oportunidad, pero no acertó. Falló, fruto de la presión o del cansancio. El gasto físico de los de Hiddink fue asombroso. No dieron un balón por perdido durante los 90 minutos y asfixiaron al Barcelona en el centro del campo.
El propio Hiddink ya había adelantado que no iba a darle la oportunidad de jugarle al Barça de tú a tú, como lo había hecho el Madrid hace cuatro días en el Bernabéu. Tenía la lección aprendida. La cosa se le puso bien antes de lo esperado. El juego del Chelsea estaba encaminado a agazaparse a Cech y buscar las contras. Sin embargo, no tenían en cuenta que Essien se inventaría esa volea caída del cielo y emularía a Zinedine Zidane en la final ante el Leverkusen. El balón entró como un obús, puliendo el larguero de Valdés, que nada pudo hacer ante asombroso zapatazo.
Con todo esto, los blue sabían lo que tenían que hacer. Destruir el juego del Barça. Ya lo habían conseguido en el Camp Nou, entonces, no debería ser mucho más complicado en Stanford Bridge. Así fue. El músculo de Essien, Lampard, Ballack y Malouda se comió, literalmente, al centro del campo blaugrana. No había un instante de respiro. Si Xavi cogía la pelota, detrás de él tres perros de caza. Si cogía el balón Iniesta, más de lo mismo. Una desesperación. El equipo de Guardiola lo intentaba, pero era imposible destruir las dos líneas defensivas del Chelsea.
Así se llegó al descanso. Un resultado negativo pero no definitivo para los culé, conscientes de que un gol, les metía en la ansiada final de Roma. Tras el paso por vestuarios, la decoración fue similar a la de la primera parte, únicamente, los porteros cambiaron de costado. El Barça llevaba siempre el peso del partido. Con posesiones descaradísimas pero sin fruto. El dato más revelador de la locura azulgrana llegaba cuando aparecían las ocasiones: de todos los lanzamientos a puerta, ninguno de ellos había ido entre los tres palos, algo extraño para el súper Barça, que hace poco menos de una semana, en Madrid, había perforado la portería de Iker Casillas un total de seis veces, y pudieron ser más.
La desesperación llegó a la zona de banquillos. Con la expulsión de Abidal, por roja directa, más que dudosa, obligó al catalán a realizar varios cambios en el equipo. A pesar de estos, el equipo continuaba igual de romo. Pero ya, cuando faltaban diez minutos, el Barcelona encerró al Chelsea en su área. El paso de los minutos dejaban sin uñas a los aficionados de ambos conjuntos bien en Stanford Bridge o detrás de las pantallas. El fútbol no daba tregua. Pero lo mejor estaba por venir. Sucedió en una transición del Barça. Hiddink mandaba a su equipo a defender. Los blue, por un momento, estaban descolocados y, ante tal desorden, el Barça no perdona. Messi recepciona un mal balón de Eto’o, amaga con adentrarse en el área, pero, ante la soledad de Iniesta en el balcón del área, decide pasársela rasa a éste que, con un ligero toque de exterior, coloca en la escuadra de Petr Cech. Primer disparo entre palos y empate a uno. El barcelonismo estalló, culminó una remontada heroica, como la de Kaiserslautern. Se pasó del drama al éxtasis.
